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Rebelión Maya de 1847 (parte II)

En la sección Cultura por el 31 octubre 2009 a las 11:38 pm

Rebelión Maya - Museo de Tihosuco

Un manuscrito hallado en Yucatán, por ese tiempo conocido como “crónicas de Chac-Xulub-Chen” (se supone escrito por manos indígenas y traducido quizá por algún clérigo) refiere que el Adelantado comenzó a repartir los pueblos entre los conquistadores, y el escribano Rodrigo Álvarez hizo la lista de los tributos con que debía pagar cada pueblo. “Todos mis compañeros y los de mi linaje pagaron el gran tributo, según la distribución hecha cuando los capitanes, el Adelantado, el escribano Rodrigo Álvarez, vinieron a T-ho (actual cd. de Mérida); todos los de mi tierra y yo, Nakuk Pech, fuimos dados a don Julián Ponce, encomendero y nuevo señor de Chac-Xulub Chen…” Para someter a los indígenas mayas se emplearon métodos crueles y violentos, Fray Diego de Landa refiere “que los indios recibían pesadamente el yugo de la servidumbre y sobre los cuales se hicieron castigos atroces; para que aplacase la gente quemaron vivos a algunos principales de la provincia de los Cupules (los metían en casas, les pegaban cepos y le prendían fuego), a otros los ahorcaron… en todo momento fueron inhumanos. Los indígenas fueron victimas de innumerables ejemplos como este durante casi tres siglos. Don Eligio Ancona, afirma en su libro “Historia de Yucatán”: “no fue autorizada la esclavitud (de los indígenas mayas) pero si que fueran repartidos ya no como esclavos, sino como tributarios de sus señores bajo el sistema de las encomiendas, que consistía en que cada soldado español por estar en el elenco de los conquistadores, recibiría para sí y para sus descendientes un número de indios que podían explotar sin cesar…” Por si esto fuera poco, se les sobrecargó con los diezmos y las obvenciones en provecho de los religiosos.
Los tributos, las encomiendas y los diezmos fueron organizados a beneficio directo de los colonos, los clérigos y de los soldados que tomaron parte en el sojuzgamiento de los mayas. Los tributos consistían en: maíz, mantas, cera, pavos silvestres, cubos, sogas, sal de espuma, chiles, frijoles, habas, ollas, comales, cántaros y otros artículos que les fueron exigiendo según las necesidades de los encomenderos; así como la mano de obra para construir sus casas, iglesias, conventos, etc. Este trato que los mayas recibían fue germinando en ellos hasta transmitir de manera oral a sus descendientes sentimientos de rencor y odio por las vejaciones sufridas, y a la vez el deseo de venganza por sentirse extraños en sus propias tierras legadas por sus ancestros; prácticamente de ser dueños pasaron a ser esclavos.
Para entonces el auge de productos agrícolas (como el azúcar) y de intercambio comercial, obligaba a los indígenas a trabajar más. Para esa época existían también dos corrientes políticas, dadas las ambiciones de esta clase; una que simpatizaba con don Miguel Barbachano (quien aparentaba más cercanía con los indígenas) y la de don Santiago Méndez (quien era partidario de controlar, limitar y explotar más a los indígenas).
Fue el suegro del intelectual y doctor don Justo Sierra O,Reily, quien acudió a los EEUU a pedir ayuda para someter a los sublevados (que empezaban a darse a conocer), y siempre demostraba su desprecio contra los indígenas mayas; como ejemplo: el periodico “El Fénix” editado en la cd. de Campeche, publicó el día 1º de Febrero de 1847, lo dicho por el doctor mencionado al comentar un asalto reciente a Valladolid “Esto prueba que ya comienza a conocerse la necesidad de dividir nuestros intereses de los intereses de los indios. La raza indígena no quiere y no puede amalgamarse con ninguna de las otras razas. Esa raza debe ser juzgada severamente y aún lanzada del país si fuera posible. No cabe más indulgencia con ella; sus instintos feroces, descubiertos en mala hora, deben ser reprimidos con mano firme. La humanidad y la civilización lo demandan así.” (Pronto olvidó el porqué se despertaron esos instintos feroces de los mayas y quiénes los provocaron).
Dados los enfrentamientos entre estas corrientes políticas de la península, muchos indígenas fueron usados como carne de cañón, luchando a favor de algún grupo a cambio de promesas incumplidas; bajo estas circunstancias, los campesinos fueron adquiriendo experiencia en el manejo de la armas. De 1840 a 1847, tomaron parte en varias acciones armadas los futuros caudillos: Cecilio Chí, Jacinto Pat y Bonifacio Novelo, quienes en el Sur y Oriente de la península, vivían en pequeñas aldeas lejanas manteniendo una relativa independencia y conservando celosamente parte de la cultura de sus antepasados prehispánicos, que estaba siendo destruida y contaminada. Por usar pantalones cortos se le conocía como “huites”; éstos serían uno de los primeros grupos en lanzarse a la reconquista de sus tierras; ya que los que vivían en zona Norte y Occidental (que eran peones de las haciendas) estaban más controlados política, militar y religiosamente.
El momento esperado llegó, cuando las condiciones maduraron, (quizá por el fusilamiento de Manuel Ay, en Valladolid el 26 de Julio de 1847, al ser descubierto y aprehendido en Chichimilá, como uno de los conspiradores.) Los soldados llegaron a Tepich, buscando a Cecilio Chí (ya identificado como sublevado), al no encontrarlo dejaron vestigios de su salvajismo: chozas saqueadas, campesinos vejados, mujeres maltratadas… Era el inicio de la tormenta. El 30 de Julio de 1847, en la madrugada, cientos de de indígenas comandados por Cecilio Chí, atacaron Tepich. Murieron todos los blancos que no lograron escapar… (Continuará)

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