Clic Para Compartir

Manuel Antonio Ay-Su asesinato Parte I

En la sección Cultura por el 1 junio 2011 a las 2:38 pm

Mucho se ha escrito y comentado acerca del inicio de la Guerra Social realizada por los mayas, en la llamada “guerra de castas, en 1847, con la detención y asesinato de Manuel Antonio Ay en el poblando de Chichimilá, y posteriormente en Valladolid Yuc. El escritor, investigador Ermilo Abreu Gomez, en su libro: la Conjetura de Xinum, narra aspectos interesantes sobre los días previos a este acontecimiento. Por ser una hecho histórico, he extractado un pequeño resumen de dos capítulos, para tener la oportunidad de que personas tenga parte de un conocimiento de un acontecer histórico. Como muchos saben, días antes de la guerra mencionada, era notorio el movimiento de los mayas liderados por Bonifacio Novelo, Cecilio Chi, Jacinto Pat.

Allá en Chichimila vivía Manuel Antonio Ay, que apoyaba este levantamiento maya, y amigo de Cecilio chí y Jacinto Pat. Se menciona a un hacendado llamado Miguel Jerónimo Rivero, que le llamó la atención ese movimiento no usual de los mayas. Por lo que envió a su criado de aplellido Canché a investigar. Por lo que siendo maya no habría sospecha. Fue enviado a Culumpich, lugar de la reunión indígena. Cuando el criado llego a su destino se mezclo con los asistentes y hasta asistió a la junta convocada para ese día. Y se dio cuenta como estaba exaltada y de violenta la gente.. Sobre todo por el mal trato que se le dabana los mayas. Muchos eran azotados, muertos, sin asistencia; a otros los obligaban sin importar los años o enfermedades para ingresar al ejercito. Solo en Culumpich y Chichimila a ultimas fechas se llevaron a mas de cien muchchos. Sin recato y temor, estos mayas decían que para liberarse de tanto despotismo estaban dispuestos a hacerse justicia y para la eventualidad de una lucha, venían transportando bastimentos que se agenciaban en los ranchos de la región. En estas tareas le ayudaban desde Belice un tal Bonifacio Novelo, hombre belicoso a cuya cabeza el gobierno había puesto precio.

El criado informo al Sr. Rivero y éste ante lo relatado, sintió temor y después del despedir a su criado, se dirigió a la la Cd, de Valladolid, para informarle al jefe de la armas, que en aquella época era el coronel Jose Eulogio Rosado. Este militar era recto, puntilloso y apegado a su disciplina. Para el la Ordenanza era el evangelio. Pero además era hombre de pocas palabras, de trato áspero, sin decirlo era desdeñoso de los indígenas a quienes creía rémora(lastre) para la civilización y estorbo para el progreso de Yucatán. Estaba convencido de que no había raza más inteligente y moral que la raza blanca,pues la india sumida en la barbarie, no servia sino para arar la tierra y bregar con las bestias y eso siempre bajo el látigo del amo. Ante el informe del Sr. Rivero el Coronel Rosado escucho lo relatado, pidiendo mas informes aunque algo confuso. El Coronel Rosado despidió luego al Sr. Rivero. Y se retiro.

Antes de que el Coronel Rosado tomara medidas sobre lo informado, sucedió otro caso al día siguiente que había relación con lo dicho anteriormente. Aquel día la principal taberna de Chichimila, de la que era dueño del Juez de paz, don Antonio Rajón. En este lugar la gente estaba muy animada más que otras ocaciones. Se bebían sin tasa, se fumaban buenas brevas, ( tabaco)se hablaban hasta por los codos, el tono de las platicas habián subido de punto, de vez en cuando se lanzaban gritos y amenazas. No faltaron los manotazos en las mesas y patadas en la tarima. De vez en cuando salian a relucir los machetes. Otro lanzó su puñal que clavo en la puerta y se rió de su hazaña otro hundió su coa en la madera de un tonel. En uno de los grupos estaba el Juez Rajón acompañado de sus mejores esbirros, el actuario y escribiente de la oficina y bebían también lo suyo. En distinto grupo Manuel Antonio Ay, cliente asiduo de la taberna refería los pormenores de la última leva que ordenó el coronel Rosado. en la cual se llevaron a dos de sus sobrinos el mayor de 15 años. Y se recordó las demás calamidades que sufria la gente de su raza. Y que esta situación tenía que terminar, pues el gobierno se mostraba sordo a las peticiones que se hacían los indios se harian justicia por su cuenta. Al oir esta palabras el Juez se alarmó y quizo saber más. Disimuladamente se acerco al grupo de Manuel Anotnio Ay.

Tags:

Deja un comentario