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Coronavirus: crónica de una cuarentena en Irlanda

En la sección LA COLUMnita NECESARIAMENTE INCOMODA por el 23 mayo 2020 a las 9:53 am

Viajé de la Ciudad de México a Amsterdam en el vuelo KLM Royal Dutch 686. Todo parecía normal. Una hora después, mi otro avión partió hacia Dublín, Irlanda, donde llegué la tarde del 12 de marzo.

Arrivé sin problemas, sin embargo, mientras estaba en el aire, el 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró al Coronavirus (COVID 19) como una pandemia mundial.

En el aeropuerto de Schiphol en Amsterdam, conocí a una joven mexicana que como yo (sin saber lo que venía) viajaba a Irlanda. Había encontrado un vuelo barato y decidió pasar quince días en Dublín. Era su primer viaje sola y su primera vez en Irlanda, así que le di nombres de algunos lugares que no debía dejar de visitar. Frente a su preocupación, la conforté diciéndole que la gente en Irlanda es muy amigable, y que si se encontraba con alguna dificultad, habría alguien que la apoyaría, ya que los irlandeses son conocidos por su calidez y compasión.

Como buena defensora de los derechos humanos y como mujer que comenzó a tratar con agentes de inmigración y aeropuertos desde niña, la esperé para verificar que no había tenido problemas con su pasaporte. Cuando llegaron nuestras maletas, me despedí.

Tuve que correr pues no quería hacer esperar a mis colegas Meg y Nantke. Ambas son integrantes de Front Line Defenders (FLD), la organización con la que planeé este viaje y quienes me brindaron todo el apoyo para organizar mi estadía en Irlanda.

Sorprendentemente, Meg y Nantke no estaban en la sala de llegadas. En México no me habría preocupado, ya que ser puntual no es algo que nos caracterice, pero aquí era una señal de que algo andaba mal. Llamé a Tara, una de las coordinadoras de FLD para asegurarme de que mis colegas estaban en la terminal correcta del aeropuerto. Envié fotos del lugar exacto donde estaba y de las dos maletas que siempre me acompañan en mis viajes largos.

Tara me confirmó que las cosas no estaban del todo bien. Horas antes, el Primer Ministro de Irlanda, Leo Varadkar, había anunciado las primeras medidas para combatir el Coronavirus, lo que causó alarma en muchas personas y el tráfico en Dublín estaba fuera de lo común. Minutos después llegaron.

Ambas traían una botella grande de agua, Nantke una extra para mí. Aunque la alegría de encontrarnos era notable en sus ojos, solo extendieron sus brazos a casi un metro de distancia. «Bienvenida Atziri, no podemos abrazarte pero estamos muy felices de que estés aquí», me dijo Meg. Nantke extendió las manos diciendo: «Toma, necesitamos estar bien hidratadas y lavarnos las manos constantemente».

Antes de hacer el viaje, hablamos sobre el Coronavirus pero no imaginamos cuánto aumentaría. Al principio, yo pensé que solo afectaría a China o a la pequeña provincia de Hubei. También me pasó por la mente que quizá era una estrategia política o económica. La experiencia del “Chupacabras” o la influenza en México me hizo dudar de lo que realmente estaba sucediendo. Una vez en Irlanda me di cuenta de lo equivocada que estaba.

En el auto, ambas me explicaron lo que había sucedido unas horas antes. El gobierno irlandés anunció el cierre de las escuelas durante dos semanas y pidió la reducción de toda interacción social y la implementación del trabajo a distancia, o trabajar desde casa.

El tráfico circulaba sin problemas. Nunca escuché los claxon sonar, tampoco vi carros que se rebasaran el uno al otro. Todos manejaban pacífica y armoniosamente. De camino al lugar donde me alojaría, Meg me advirtió que pronto cruzaríamos el río Liffey, el cual atraviesa Dublín de oeste a este y divide la ciudad de norte a sur.

Poco a poco, las casas georgianas comenzaron a aparecer con puertas pintadas de colores vivos. En menos de una hora llegamos a donde pasaría tres meses trabajando de manera más cercana con Front Line Defenders, una organización que desde 2001 trabaja para fortalecer la protección de las personas defensoras de los derechos humanos y periodistas alrededor del mundo. Tomaría también unos días libres y clases para el fortalecimiento de mi inglés, sin embargo, el COVID 19 cambió muchos de los planes, incluido mi lugar de residencia.

Después de dejar mis maletas y descansar un poco, Nantke y yo decidimos ir a comprar comida. Trabajar desde casa, con una interacción social reducida, significaba que necesitábamos comprar una cantidad razonable de comida. 

A pesar de ser originaria de Tlaxiaco (Tierra de las nubes), lugar entre las montañas de Oaxaca -donde hace frío la mayor parte del año- siempre he sido friolenta. Si hubiese estado sola, únicamente al ver la oscuridad del cielo y los 9 grados en los que nos encontrábamos, hubiese decidido no salir, pero bueno, siempre es bueno tener a alguien que te impulse a hacerlo.

“El clima en Irlanda siempre es así, puedes tener las cuatro estaciones del años en un solo día. Puede estar soleado y de repente llover, así que eso no cambia la dinámica del día, más bien tienes que adaptarte y seguir”, dijo Nantke, un joven colega de Alemania que desde hace año y medio vivía en Dublín. Tomamos nuestros abrigos y nos dirigimos al supermercado más cercano. La mayoría de los estantes estaban vacíos. El papel y los productos de limpieza prácticamente habían desaparecido.

Llevamos nuestras compras a casa y luego nos dirigimos a un restaurante hindú donde tuvimos una cena de bienvenida. Lo primero que nos dieron como cortesía fue una sopa caliente “esto las salvará del Coronavirus”, nos dijo el mesero con una sonrisa. La sopa estaba deliciosa pero nadie imaginaba lo que sucedería después. El restaurante fue cerrado debido a la pandemia unos días después.

Al día siguiente nos reunimos para discutir los cambios que tendríamos que hacer en mi estadía. Conocí por primera vez la oficina de Front Line Defenders en Dublín, cuyo trabajo conozco desde hace una década pero en la que nunca imaginé estar.

Me recuerdo hace casi 10 años sentada en mi pequeño escritorio de Tlapa, Guerrero en el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, donde desde entonces recibíamos sus mensajes de apoyo y solidaridad cuando defensores comunitarios eran agredidos, encarcelados, desaparecidos o asesinados. En mi mente nos les ubicaba geográficamente, solo imaginaba que estarían en un lugar frío, muy frío y desde entonces siempre he agradecido su labor, pues han sido un cálido bálsamo para la comunidad internacional de defensores de los derechos humanos. 

A pesar de la distancia geográfica, siempre les hemos sentido muy cerca.

Dado que la escuela de idiomas a la que acudiría cerró el mismo día en que mi vuelo aterrizó, planeamos que esas dos primeras semanas me serían útil para conocer algunos lugares turísticos mientras abrían la escuela. Así que lo único que hice en ese entonces fue tomar un test en línea que me ubicó en el nivel B2. Mis clases tendrían que esperar.

Dos días después, con una colega de Armenia, tomamos el bus que nos introdujo a los orígenes celtas de esta hermosa isla. A bordo viajaban personas de Japón, Canadá, Rusia, España y yo de México. La noticia del Coronavirus a muchos les tomaba en medio de sus viajes y la dimensión de lo que pronto se vendría era totalmente inesperado.

En nuestro camino vimos todos los tonos de verde jamás imaginados, en medio de paisajes inolvidables, mezclados entre construcciones de granito, las vacas más grandes que he visto en mi vida, borregos que te incitan a tocarlos, castillos que te transportan a mundos inimaginables.

Nuestra primer parada fue Galway, en la costa oeste de Irlanda, que entre su belleza alberga el museo dedicado al escritor irlandés James Joyce, aclamado por su obra maestra, Ulises. El museo está ubicado en la antigua casa familiar de su esposa, Nora Barnacle.

Era lunes, inicio de semana, pero en realidad parecía un día feriado. Entramos a una farmacia para comprar gel antibacterial, pero nos advirtieron que ya se había acabado en toda la ciudad y que la gente lo estaba elaborando en casa. No tuvimos opción.

Conforme nos adentramos en las montañas, vi el resultado de las lluvias casi diarias que tapizan de verde hasta el último rincón de la isla. Todo lo que veía me confirmaba porque Irlanda es considerado un país de leyenda. Hadas, gnomos, vikingos, la Edad Media, revolución. Todo, resultado de la enigmática y mágica belleza del paisaje.

Llegamos a los acantilados de Moher, escenario de películas como Harry Potter. Estaban cerrados. 

En ese momento, comenzó a arreciar la lluvia, así que nos conformamos solo con apreciar lo que podíamos ver desde fuera mientras por dentro sonreía pues tendría una buena excusa para volver.

Al regresar a Dublín, notamos que había poca gente en las calles. Cinco meses antes, había visitado por primera vez esta ciudad cosmopolita y la gente estaba en las calles por todos lados. Los pubs, ahora parecían desolados. Antes de la pandemia, eran populares como lugares de reunión en toda Irlanda y el Reino Unido, donde la gente se reunía después del trabajo para socializar, tal vez para tomar un vaso de «Agua de vida» (Uisce Béatha) o whisky, una cerveza Guinness o una taza de té, compañía y música celta de fondo.

La alegría, la música, la literatura, la comida y la tradición oral son características históricas de Irlanda. Encontrarla distinta advertía que las personas estaban acatando las medidas del Gobierno.

Incluso el Festival de San Patricio (St. Patrick’s Day) y el desfile del día de San Patricio se cancelaron. Precisamente las defensoras de Irlanda me recomendaron viajar en esas fechas para que yo pudiera experimentar esta fiesta nacional que conmemora la muerte de San Patricio, el santo patrón de la República de Irlanda, cuya llegada marcó el inicio del cristianismo. Según la leyenda, San Patricio transmitía el significado y la presencia de la Santísima Trinidad (padre, hijo y espíritu santo) a través de los tréboles de tres hojas, lo cual explica el verde colorido del desfile que tiene lugar año tras año. Otra razón más para volver.

Las noticias parecían poco alentadoras pues los monumentos, museos y sitios turísticos que planeábamos visitar también estaban cerrados. Una noticia positiva fue cuando Meg llamó para proponerme tomar clases privadas con Michael y Venetia, maestros con 25 años de experiencia en la enseñanza del inglés, que habitualmente reciben en su casa a estudiantes y profesionales de diversas partes del mundo, bajo el programa de Homestay que coloca a los aprendices en una especie de inmersión lingüística al comunicarse, aprender y vivir en el idioma inglés.

Para ese entonces, los gobiernos del mundo ya estaban cerrando las fronteras y los contagios por Coronavirus incrementaban sorpresivamente. Viajar a casa en medio de una pandemia global era incluso más peligroso que quedarme aquí. Así que un día después comencé mis clases.

Meg pidió que nos encontraramos afuera de las oficinas de FLD el miércoles 18 de marzo a las 8:25 AM ya que el tren saldría de la estación a las 8:37. La precisión de los horarios una vez más me impresionó. Estaba nerviosa de no llegar a tiempo, así que me fui 10 minutos antes para evitar que perdiéramos el tren. A las 9:00 de la mañana en punto, tocábamos el timbre de Dun Laoghaire. En ese momento entendí que cada minuto estaba perfectamente calculado y que durante los siguientes días tendría que partir hacia la estación a las 8:25 AM en punto.

Al abrir la puerta, Michael y Venetia inclinaron ligeramente la cabeza, unieron las palmas frente a su pecho y nos dijeron Namaste; reverencia utilizada en numerosas culturas en señal de saludo, ante el impedimento de un abrazo o un apretón de manos. Al recibimiento se unieron Fay, hija de mi maestro, y Lorcan, su prometido, originario de Louth, al norte de Dublín. Ambos se mudaron a la casa familiar desde que el gobierno anunció las medidas sanitarias. «Gua gua» fue la bienvenida de Sibi, la hermosa labradora que desde hace 13 años acompaña a la familia.

Meg y yo cumplimos con el protocolo de colocar nuestro abrigo en el lugar destinado para ello y a eso añadimos el lavado de manos. Recordé las campañas que nos pedían que nos laváramos las manos antes de comer y después de ir al baño, pero ahora, lavarnos las manos durante al menos 30 segundos, el uso de máscaras y el distanciamiento social, parecen ser las nuevas normas para la convivencia y la supervivencia.

Pronto comenzamos mi clase B2 de inglés intermedio alto, hice mi primer examen, ejercicios escritos, conversaciones, vocabulario, ejercicios de escucha, lectura, mucha lectura. Mientras mis clases se impartían todos los días de 9 a 2 de la tarde, el Coronavirus se agudizaba en Italia, España, Francia e Inglaterra. Solo nueve días después de que comencé las clases, el gobierno irlandés anunció el endurecimiento de las medidas sanitarias para combatir la pandemia en Irlanda.

El 24 de marzo, se dieron a conocer nuevas regulaciones para prevenir los desalojos para aquellos casos cuyos contratos de casas, departamentos u oficinas estuvieran por vencer e incluso que hubiesen vencido. Las autoridades instrumentaron el congelamiento de rentas durante el tiempo que se mantenga la emergencia.

El viernes 27 de marzo, regresé de mi clase caminando en el muelle a la orilla del mar. Observé cómo los señalamientos están escritos en inglés e irlandés, como un esfuerzo para preservar su idioma originario. También vi cómo en el piso las autoridades habían dibujado la distancia exacta de dos metros con pintura blanca, como advertencia de la distancia que tendríamos que mantener entre una persona y otra. Cenamos y nos disponíamos a descansar. Llamé a mi hermana Vania para saber cómo estaba. Mientras platicaba y jugaba el juego del “fuego del dragón” con mi sobrino por WhatsApp, Nantke tocó a mi puerta para decirme que necesitaba hablar conmigo con urgencia. 

Alrededor de las 9:00 PM el Primer Ministro de Irlanda había anunciado un nuevo paquete de medidas de protección para la población, que entrarían en vigencia a las 0:00 del 28 de marzo, es decir, cuatro horas más tarde, de modo que si quería continuar con mis clases de inglés tenía que mudarme a la casa de mis maestros esa misma noche. Empaqué mis cosas en media hora. Agradecí ser extremadamente ordenada y saber dónde estaba cada cosa.

A las 10:30 PM amablemente mis maestros pasaron por mi. «Parece una zona de guerra», dijo Venetia, quien vivió en Belfast durante la guerra civil.

Ya rumbo a su casa, comentamos las medidas recientemente adoptadas: solo aquellos que tuvieran una actividad laboral relacionada con los servicios esenciales de salud y atención social podían viajar al trabajo. Fueron clasificados como «trabajadores esenciales». De lo contrario, una persona por familia podría comprar alimentos y otros artículos para el hogar; recoger comida preparada; asistir a citas médicas o recoger medicamentos y otros productos relacionados con la salud; por razones familiares de naturaleza esencial (cuidado de niñas/os, adultos mayores o personas vulnerables). Podríamos realizar actividades de ejercicio físico de forma breve e individual, dentro de un radio no mayor a 2 kilómetros del hogar. También se permitieron actividades agrícolas, producción de alimentos y cuidado de animales.

Se prohibieron todas las reuniones de carácter público o privado, de cualquier número de personas, que no residan en el mismo domicilio. Todas las tiendas no esenciales fueron cerradas. Se pospusieron todas las operaciones quirúrgicas no esenciales, así como todos los servicios de salud no esenciales. Las visitas a hospitales, residencias de personas de la tercera edad, centros de salud y prisiones también fueron canceladas, con ciertas excepciones por razones humanitarias. Las farmacias pueden dispensar medicamentos incluso si la validez de la receta ha expirado. El transporte público y de pasajeros se limitaba solo a los trabajadores esenciales. Todos los hospitales privados fueron requisados a actuar como parte ​​del sistema público durante esta emergencia, entre otras medidas.

Poco a poco, llegaron los testimonios de casos estremecedores que se repiten en todo el mundo. El 28 de marzo, Michael Glynn, un popular taxista de Dublín conocido como «Mick the Moan», murió después de contraer Coronavirus. Me estremeció que nadie de su familia pudo tocarlo para despedirse. Solo su familia inmediata pudo ir al funeral. Ver a su esposa e hijos separados alrededor de la tumba me impactó.

En esas mismas fechas, las autoridades informaron que el pago por desempleo durante el período de COVID 19 sería de € 350 por semana, al menos hasta el 8 de junio, es decir, € 1,400.00 mensuales. En el caso de las empresas que muestran que han perdido al menos el 25% de su negocio, pueden reclamar como subsidio el 70% del salario neto de sus trabajadores (hasta un máximo de 410 € por empleado, cada semana).

Una vez más me di cuenta del enorme abismo entre Irlanda y México. Si bien nuestras realidades son totalmente distintas, el contexto de la pandemia global es común para ambos países y las medidas de protección adoptadas para cuidar a la ciudadanía debería ser al menos similar. Sobre todo por la economía de nuestro país y por la existencia de miles de trabajadores no formales que no tienen más opción que seguir trabajando.

El 2 de abril, desde el Castillo de Windsor, la Reina Isabel II de Inglaterra envió un mensaje al Reino Unido y reforzó el llamado a quedarse en casa para combatir la pandemia global. Cuatro días después, el 6 de abril, el gobierno británico informó que su Primer Ministro, Boris Johnson, había sido transferido a cuidados intensivos con COVID 19.

La Catedral de San Patricio, construida de manera impresionante por los ingleses en estilo gótico, es una de las iglesias que se unió para replicar sus campanas al mediodía, en agradecimiento al personal de salud, igual que otras iglesias presbiterianas y católicas, reflejo de la dualidad religiosa en Irlanda. Como en otros países, las ocho de la noche de cada día, son la señal para continuar agradeciendo a quienes dedican su vida a salvar otras vidas.

El 8 de abril, las autoridades irlandesas anunciaron que las medidas emitidas anteriormente permanecerían sin cambios hasta al menos el 5 de mayo, fecha en la que anunciarían si las medidas se relajarían o fortalecerían. El radio para hacer ejercicio se incrementó de 2 a 5 kilómetros desde la casa pero ahora habría una mayor presencia de la policía en los espacios públicos para dispersar a las personas.

Actualmente en Irlanda 1,547 personas han muerto por Coronavirus. El número total de casos confirmados es de 24.200. El número de casos prevalece y las medidas también.

A partir del 18 de mayo y hasta el 5 de junio se inició en Irlanda la primera fase en el levantamiento de las medidas adoptadas frente al Coronavirus, pero los cambios son mínimos: Los encuentros con personas que no viven en el mismo domicilio son ahora permitidos pero no deberán exceder grupos que superen cuatro personas, respetando la distancia física. Podrán abrir tiendas de construcción, jardinería, ópticas, tiendas que reparan bicicletas, celulares, entre otras tiendas, las obras de construcción son ahora permitidas. El 5 de junio se valorarán los siguientes pasos, a partir de la evolución de la crisis sanitaria y la evaluación del contexto.

Desde marzo, Dún Laoghaire, se convirtió en mi nuevo hogar, el suburbio a lado del mar de Irlanda, que separa a este país de Inglaterra, ha sido mi compañero. Caminar a su lado es un bálsamo para el espíritu y un espacio para la introspección. Me ha dejado ver cuán vulnerables podemos ser como humanidad, pues a pesar de estar en diversos espacios y contextos, hoy por hoy corremos prácticamente la misma suerte. Y como la escritora Isabel Allende lo ha manifestado “como nunca antes esta pandemia nos hace saber que somos globales. Una humanidad en un planeta”. 

Mi cuerpo no se ha acostumbrado al frío, pero al menos ya conozco la sensación y lo que significa vivir diariamente entre 9 y 12 grados -cuando tenemos suerte- tal vez 18, y cuando no, entre 2 y 4 grados.

El desayuno irlandés, el té, escuchar a Michael y Venetia cantar desde las primeras horas, probar comida de diferentes países, los encuentros virtuales con familiares, amigas y colegas, documentales, obras de teatro en línea, han sido la cotidianidad. Hemos leído tres libros en inglés y estamos ya en el cuarto. Subí 20 puntos en mi segundo test. Llevamos más de dos meses juntos y cuando el silencio amenaza con llegar, comenzamos a reír y hablar con los «amigos imaginarios» que esta pandemia ha traído consigo.

En la ciudad, en los asientos de los autobuses hay letreros de dónde puedes sentarte pero igual que los trenes están casi vacíos. Aves con los colores más bellos caminan entre mis pies y bondadosos me regalan su canto. Comencé a caminar 10 mil pasos al día -alrededor de 5 kilómetros- no solo para hacer ejercicio, sino también para conocer esta ciudad, que es hermosa, aún estando cerrada. En el camino me encuentro con pocas personas, todas de distintos orígenes, destacan filipinos que representan una fuerte comunidad y una fuerza laboral en Irlanda. Las flores, arbustos y hojas son indescriptibles, a veces me dan ganas de tocarlos, sentirlos y hasta probarlos. Caminar por las calles de Irlanda es una mezcla entre presente y el pasado. 

A no más allá del radio permitido puedo llegar a la torre Martello donde James Joyce escribió su novela Ulises. Reconocer la belleza de los paisajes me hace imaginar la inspiración que hace a este país famoso por tener algunos de los mejores escritores del mundo, incluidos cuatro ganadores del Premio Nobel de literatura: Yeats (1923), George Bernard Shaw (1925), Samuel Beckett (1969) y Seamus Heaney (1995). Además de otros destacados escritores como Oscar Wilde, Bram Stoker (autor de la novela Drácula), Edna O’Brien, Sebastian Barry, Colm Toibin y Anne Enright. Y autores locales como: Jennifer Johnson, Julie Parsons, Maeve Binchy y Marian Keyes.

Hoy en todo el mundo, los gobiernos están tratando de responder a una situación que está cambiando constantemente. El Coronavirusestá presente actualmente en 212 países. Cuando estoy sola, pienso en los desafíos económicos de la pandemia, en las lecciones que nos enseñará. Pienso en el impacto en las más de 4 millones de personas que han sido afectadas por la enfermedad, casi la población total de Irlanda, solo un millón más.

Sin embargo, también pienso en Irlanda, en cómo este país logró sobrevivir a la hambruna de 1845-1851 conocida como «la hambruna irlandesa» -o la gran hambruna- causada por los veranos calurosos sucesivos y la plaga en los cultivos de papa, la base de su alimentación. Durante un período de seis años, esto produjo inanición, enfermedad, muertes y emigración masiva. En ese entonces más de un millón de personas murieron y 2.5 millones más emigraron de Irlanda a otros países de Europa o Estados Unidos. De 8.2 millones la población se redujo a 6.5 ​​millones. Hoy la población de Irlanda, incluida Irlanda del Norte, es de alrededor de 5 millones de habitantes.

Irlanda es una tierra de memoria. Un país con una cultura milenaria que vio morir a su gente por hambruna y que fue considerado uno de los países más pobres y desamparados de Europa, pero hoy es una de las economías más prósperas y estables. En el centro de Dublín, se encuentra el Trinity College, una de las universidades más prestigiosas de Europa, creada por la reina Isabel I en 1592. 

En octubre tuve la suerte de visitar las montañas de Wicklow y la Calzada del Gigante, un sitio catalogado como patrimonio de la humanidad pero además de su naturaleza, la variada cultura del arte, el idioma, la música, el teatro y el paisaje hacen a Irlanda única.

Los planes para este viaje cambiaron dramáticamente. No solo para mí, sino también para miles de estudiantes que habían pagado las tarifas completas de la escuela de idiomas y que no contaron con el apoyo necesario. Pienso en la chica que conocí en el aeropuerto y nunca sabré cómo terminó su aventura.

Todo cambio para todos. Lo que significaría pasar más tiempo con mis colegas en la oficina (enfoque esencial de mi viaje), terminó siendo: llamadas, correos, videollamadas, caminatas a lo largo del muelle a la orilla del mar a dos metros de distancia, sintiendo el aire del mar en nuestros rostros, viendo cómo el viento nos despeinaba, lejos físicamente paradójicamente sintiéndonos más cerca. Hablando si del trabajo, pero también de nuestras familias, de nuestro día a día.

Sé que cuando regrese a México, esta experiencia me habrá cambiado. Irlanda me ha demostrado cuán resistente puede ser un pueblo. Pero también estoy segura de que nada volverá a ser igual, los viajes que tanto me gustan y que han dirigido mi rumbo profesional quizá tengan que esperar.

Desde Irlanda, viendo las filas de dos metros de largo -incluso para comprar un helado-, las pantallas de plástico que separan a los cajeros de los supermercados de sus clientes, las medidas adicionales que cada oficina tendrá que instalar antes de que alguien regrese al trabajo, el peligro potencial de llegar al trabajo en transporte público, nos hace introducirnos en una nueva “normalidad”.

En este momento en Irlanda, las empresas y los profesionales discuten sobre las nuevas formas de trabajar. Sobre cómo van a regresar e incluso si van a regresar o no. Advierten que si encuentran posibilidades «seguras» de hacerlo, podrían hacerlo hasta agosto y tal vez solo la mitad del personal podrá regresar físicamente o se rotaran los días para poder hacerlo.

Dialogan sobre la instalación de puertas automáticas para que no tengan que tocar nada; sobre las paredes de plástico que separarán los escritorios; el no acceso a la cocina, al gimnasio ni a la cafetera. Muy probablemente las y los empleados se turnaran incluso para ir al baño; no se utilizarán los elevadores para evitar aglomeraciones; entre otras medidas que nos harán reflexionar sobre la necesidad de nuevas formas de trabajar. Y que muy probablemente, generarán no sólo costos económicos, sino que también marcarán el comienzo de una nueva era para los empleos. Eso el día de hoy tiene a mucha gente en incertidumbre y ansiedad, pues la disminución de la interacción social definitivamente merma incluso nuestro estado de ánimo.

La prevalencia de números y muertes por Coronavirus, me dice que es demasiado temprano para pensar en volver a la «normalidad». Quizá nunca volvamos. Quizá en su lugar evolucionemos a una nueva «normalidad». Tal vez gradualmente veremos cómo la vida regresa a ciudades en este momento desiertas. 

No relajar las medidas sanitarias es mi mensaje -quizás más hacia las personas, más que a los gobiernos- porque es muy probable que las autoridades se guíen por otros parámetros como la economía, pero como personas defensoras de los derechos humanos, la vida, la salud y la seguridad son nuestra prioridad. Y somos las personas, las familias y las comunidades quienes también tenemos el poder de tomar las decisiones que consideremos necesarias.

También citando a Isabel Allende, la ciudadanía puede impulsar a las autoridades a tomar el Coronavirus como “una oportunidad para una evolución, para imaginar y trabajar por un mejor mundo, un mundo donde la compasión, la igualdad, las oportunidades y la inclusión prevalezcan. Un mundo más balanceado. Un mundo donde no seamos separados por la clase, género, raza, religión y todo lo que nos separa ahora”.

Independientemente del lugar en donde nos encontremos no sabemos si tenemos o tendremos el virus ¿sobreviviremos o moriremos? Nadie lo sabe. Mi regreso está programado a México a principios de junio. Tal vez tenga que esperar un poco, aún no lo sé. A veces, me preocupa un poco tener que viajar y hacer escalas, después de lo que hemos enfrentado como humanidad. 

Por ahora, admiro la valentía que hemos asumido como colectividad. Una vez más coincido en que lo único permanente es el cambio y que la resiliencia nos hace más fuertes pero también más humanos. Hoy, también estoy segura de que todo aquí es tan hermoso que irme a otro lado significaría renunciar a la belleza. Por ahora continuaré disfrutando el aire que solo se respira en Dublín, el hermoso azul del cielo y el mar, y como el presidente francés Charles de Gaulle expresó cuando se exilió en Irlanda “en este momento de mi vida, encontré aquí lo que buscaba, estar frente a mi misma» -y a pesar de la inesperada crisis de COVID 19- «Irlanda me permitió hacerlo de la manera más delicada y amable».

*Comunicóloga Social y Defensora de los Derechos Humanos. Integrante del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) y del Consejo Consultivo del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas en México. 

@AtzirieAvila

FUENTE: https://desinformemonos.org/coronavirus-cronica-de-una-cuarentena-en-irlanda/

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